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Los seres humanos son el lenguaje de Dios.

 

Qué enredo. ¿Me animaré a decir que yo no creo en Dios? ¿Que apenas lo pienso, lo intuyo, o lo “calculo”? O mejor aún, que cuando pienso en Dios, pienso en formas de posicionarse de la mente, que operan como algo parecido a una clave de sol en el pentagrama: un modo de decir cómo han de ordenarse los datos sensibles, las estipulaciones, menos sensibles, y las construcciones de la mente, que no por útiles y fecundas han de ser del orden de lo existente, cuando uno cree que lo que existe es sólo la res extensa .

Existe algo que podemos llamar el número dos, y no hay nada que sea físico y que sea eso. Existe la noción de plano, y nada hay en el orden de lo fáctico que sea tal cosa, a menos que alguien crea que la superficie de la mesa lo es, torpeza injustificable. Existe la noción de clase social, o de metáfora, y sin embargo, ni una ni otra es algo fuera de la mente que la piensa. ¿Por qué he de privarme de la construcción Dios, que tiene muchas más utilidades que las nombradas, eh? A mi, que no creo en Dios, pensar en él y en que me tiene cerca, (total, ¿por qué no pretender eso en vez de imaginar algo contrario?) me produce una cierta sensación de equilibrio, de optimismo, de esperanza en que eso que deseo es posible, y que es posible en el sentido de que lo puedo hacer yo , no sólo que es posible porque pueda ocurrir.

Porque hay quienes piensan en la esperanza como lo posible, en el sentido de que lo deseado puede ocurrir; en el sentido de eventualidad, en el sentido de acontecimiento, sin acto humano que la convoque. A esto es mejor llamarlo espera, y no esperanza. Vale la diferencia.

Cuando yo me creo que lo esperanzado depende de mis actos, digo que en eso, y en los actos de los que piensan de este modo, podemos leer el lenguaje de Dios (Kushner). Cuando yo me imagino que lo esperado puede ocurrir, que es eventual, entonces seguro que Dios es un señor con barbita, que mira desde muy lejos, y que se encuentra con que éste es un mundo de perros, vaya uno a saber por qué, ya que mis actos no hacen mella a ese mundo.

Yo creo que hacer, decir, pensar y sentir con la construcción mental de Dios en la cabeza, y refiriendo nuestras decisiones a esa “clave de Dios”, produce salud, actos sanos, y la mejor de las armonías humanas posibles. Algo parecido a la Utopía de Moro, la Ciudad de Dios, de San Agustín y el Reino de los Cielos, tan mentado. Pensar ese mundo posible como un producto de nuestras manos, me parece, debe hacernos sentir como dioses.

Pensarlo como ajeno a nuestros actos, a nuestras voluntades “activas” (para diferenciarlas de nuestras voluntades “pasivas”), a nuestras respuestas (que en conjunto son nuestra responsabilidad, es decir, nuestras respuestas) me parece que es la más terrible forma de secuestrarse uno mismo a la salud, y alojarse, fuera de la Historia, en ese rincón de la realidad en que los cuerpos humanos se confunden con la materia inerte, polvo sin amor.

Los que se extrañan (se colocan afuera) de esa construcción conceptual, y se piensan ajenos, exteriores a la Totalidad, y sin sentido personal que de ella se derive, son como polvo del desierto, incapaces de amar, y de sentirse amados. Incapaces de imaginar que el amor existe, -aunque sea leyenda- militan como activos refutadores de esa leyenda, si la hubiera. Merecen ser personajes de un cuento sufí, o de un chiste de gallegos: “El gallego mira intensa y perseverantemente al hipopótamo. Después de un rato dice “Este animal no existe”.

Como con el asunto ése de Dios, si la salud, no existe, es bueno imaginarla. Hacerlo, hacerla, no daña. Creo que ése es el negocio de pensar en Dios que propone Pascal.

 

Carlos Campelo