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Autoestima y Estima Mutua

Muchos conocen la muy desagradable situación suscitada dentro del Programa de Salud Mental Barrial por el sinceramiento que derivó en el cierre de algunos talleres de los días sábados.

Mucho más allá de las implicancias de violencia y conmoción que surgieron a partir del trámite de cierre de dichos talleres, es interesante percibir que, casi como un destino, los talleres dan cuenta de la temática que los habita tanto en su apertura como, inclusive, en los avatares que marcan su finalización.

De allí que surja la idea de compartir algunos aspectos de la ética y la historia del PSMB, vinculadas a la ayuda mutua, la autoayuda y a la autoestima, temas relacionados con alguno de los mencionados talleres que cerraron recientemente.

Tiempo atrás, cuando el programa iba conociéndose a sí mismo y encontrando las palabras que mejor nombraban su ética y práctica, empezó a decirse que, los talleres, más que de autoayuda, eran de ayuda mutua.

Tal puntualización no era menor. Si bien lo de “autoayuda” no era algo que necesariamente implicara un corrimiento de la ética de vecindad que proponía el PSMB, hablar de “ ayuda mutua ” garantizaba que no se cayera en el hace poco mencionado “error antropológico” de creer que se podía uno ayudar a sí mismo en forma individual sin tener en cuenta a los demás, es decir, prescindiendo de la red humana de la que uno forma parte de manera inexorable.

Aunque la llamada “autoayuda” tenía históricamente un origen en que los pacientes se ayudaban a sí mismos sin la presencia del profesional (tal como ocurre, por ejemplo, con Alcohólicos Anónimos), el término daba a equívocos dentro de nuestro programa, ya que podía propiciar la idea de que “el buey solo bien se lame”, o que “ayudarse a uno mismo” iba en contra o debía ser algo que fuera anterior al “ayudar a los demás” y cosas por el estilo.

Algo similar a esto ocurre a la hora de hablar de la autoestima y la estima mutua.

Nuestra compañera María Ester Gómez suele decir que cuando uno entra en su propio corazón se encuentra allí con su prójimo. Más se quiere uno, más ahonda uno en la posibilidad de querer al otro. Es algo que no solo es simultaneo, sino que es también proporcional. El amor es el amor y la estima (una forma de nombrar al amor) nutre a todos los implicados en la historia. Si así no fuera, habría que pensar que no es realmente estima. Ni “auto” ni “hetero” estima.

Seguramente a muchos se nos hace claro lo mucho que nos alejamos de la genuina estima si ésta pasa por agraviar a otro “peor” para sentirse uno “mejor”. Lo mismo podemos decir cuando la autoestima pasa por encontrar enemigos afuera que nos hagan confundir el mero fervor competitivo y guerrero con el verdadero entusiasmo (palabra que, como nos hacía saber Campelo, significa “tener a Dios adentro).

Confesémoslo: todos lo hemos hecho alguna vez. Todos hemos usado alguna vez formas de este estilo (competir, pelear, etc.) para levantar la idea de nosotros mismos cuando ésta ha estado algo alicaída. Esto ocurría, sobre todo, en edad escolar, cuando aún nuestra identidad estaba muy subordinada a la comparación competitiva antes que a la valoración de las propias acciones, tanto por lo que éstas valían en sí mismas, como por los frutos que producían.

Los que gustan de las disciplinas orientales están familiarizados en el tema de la diferenciación entre el ego y el “uno mismo”. Es útil usar este discernimiento que nos ofrecen los dados a estas cuestiones de Oriente como para comprender mejor que amar la propia imagen no es amarse a uno mismo.

Narciso tuvo una experiencia de triste final con esto de exagerar en la estima de su imagen en el espejo (el ego, podríamos decir). Según nos dicen los expertos en el mundo de los mitos griegos, el pobre Narciso, fascinado con su belleza, quiso besar su propia imagen reflejada en un engañoso lago de quietas aguas y le pasó lo previsible: se cayó. Todo indica que no sabía nadar y su final no fue el mejor.

En nuestra vida real, los espejos engañosos son muchos y, a veces, pretendemos atrapar allí nuestra alma, eternizando nuestros mejores momentos, los aspectos de nuestra persona que más rutilantes nos parecen. Seleccionamos los espejos que son funcionales a tal proyecto y allí las cosas se complican ya que la imagen que nos devuelven es parcial, empobrecida y tan engañosa como la luna, que, como decía Chesterton, nos hace creer que tiene luz propia, cuando de hecho refleja la luz del sol que no se ve en primera instancia.

Si la estima se circunscribe al solo ego, a la imagen de uno mismo “atrapada” en una suerte de foto, al embeleso de lo idealizado, estamos sonados. El profundo lago nos espera cuando caemos en ese tipo de engaños. De hecho, como decíamos respecto a la luna, una característica de este estilo de embeleso autoreferido es que no puede generar energía propia, necesita de la energía ajena. El ego no cuenta con fuente propia, como la imagen en el espejo no cuenta con vísceras, latidos ni vivencias. De allí cierto peligro cuando alguien está muy aferrado a este tipo de imagen narcisista excesivamente estimada: el peligro es que en su desesperación por procurar encontrar una energía que no posee, haga daño en el afán de encubrir su precariedad esencial.

El que nos salva de esas aguas oscuras es el Otro. Como aquellos soldados de no se qué triunfante emperador, quienes formaban al costado del carruaje del monarca en pleno desfile de gloria y le gritaban al victorioso “recuerda que eres mortal”, el prójimo, la alteridad, nos despierta del trance y nos salva de la desolación que significaría conseguir que sea nuestro ego eternizado a cualquier costo, inclusive el costo de pretender (a veces con violencia) que toda la realidad sea sucursal de nuestra propia mente.

Siendo el programa una red de “otros”, unidos por un valor de solidaridad, nuestras tentaciones de estima exagerada al propio ego permanentemente tendrán quien les recuerde lo humano que somos.

Y eso por lo general genera alivio, gratitud y sensación de acompañamiento, más allá que a veces pataleamos cuando nos olvidamos del hecho de que gracias a que existen los otros, los vecinos, no enloquecemos de soledad y no caemos en la tentación de transformar al paisaje, a la fuerza, a la medida de nuestras propias pesadillas y caprichos.

Los “otros” del programa, los vecinos, cobran forma de compañeros de grupo, de autoridades del hospital, de funcionarios, de periodistas, de gente que ataca, que gente que cuida, de gente que nos abraza o intenta lapidarnos....los otros siempre nos recuerdan nuestra mortalidad, única manera de sentirnos realmente vivos.

El Programa solo acepta a quienes aceptan un “otro” como parte de su identidad. Estimarse demasiado sin estimar al otro acá no vale. El orden del programa tiene esa finalidad, la de ser una red de “otros” unidos por la Salud, y toda experiencia, aún las dolorosas, son en definitiva bienvenidas para recordarnos nuestro propósito.

 

Miguel Espeche