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ERROR ANTROPOLÓGICO

“El individuo es un error antropológico”, nos decía Jaime Barylko en un panel televisivo que compartí con él poco antes de su fallecimiento.

La frase “pegó” porque sintetizaba un pensamiento que desde sus inicios el Programa ha transformado en acción, a través de la red de voluntades que lo constituye.

Claro, existe en nosotros el temor a que eso de no parapetarnos en nuestra individualidad “suelta” nos transformará en mera masa, en objeto de voluntades ajenas, meras marionetas proclives a obsecuencias y sometimientos.

Es que las falsas alternativas con las que nos hemos educado han golpeado fuerte en el entendimiento espontáneo que nos dice que no somos sin el otro, y que el otro no solo es parte de nosotros sino que enriquece nuestra vida personal y transforma una isla árida que solo se nutre de su propia imagen (aquello del “error antropológico” o, también, narcisismo) en un espacio posible y saludable, en el cual las energías se renuevan y purifican en la intersubjetividad.

Vienen al caso estas reflexiones a la hora de recordar algunas características de la animación barrial dentro de nuestro Programa de Salud Mental.

Es que, a medida que pasa el tiempo y cambian las circunstancias en las que vivimos como programa, ciertas cosas que en la historia inicial del mismo eran dadas por obvias ahora merecen decirse puntualmente para aportar a la conciencia de quienes se incorporan a la animación barrial.

En el pasado el programa era algo no solo nuevo, sino que conmovía un status-quo al salirse de las formas tradicionales del trabajo en salud comunitaria y la promoción de la salud mental pública.

Esto implicaba que quienes nos acercábamos al PSMB para formar parte de la animación barrial, solíamos tener cierta conciencia acerca del hecho de que estábamos entrando en un lugar que iba abriéndose camino para nacer, lo cual hacía más sencillo sentirnos parte de algo que íbamos haciendo entre todos, no que ya estaba hecho.

Todas las palabras de Campelo, por ejemplo, eran, para muchos de nosotros, nuevas y viejas a la vez.

Nuevas, porque impactaban por su originalidad. Nos tocaba su pensamiento vivo, no repetitivo, que se “cocinaba” ahí, a nuestra vista y con nosotros incorporando también ingredientes. No se traía demasiado pre hecho de alguna roticería de por allí.

Viejas, porque eran palabras que decían algo que habitaba desde antes en nosotros, evocaban ecos de pensamientos o, mejor dicho, intuiciones, que solo en ese momento sentían encontrar un cauce que las sacaban de una suerte de exilio en la preconciencia.

La sensación de que todo eso podía acabarse sino lo tratábamos con amor y respeto estaba presente siempre. Recordemos que había Gamexane en el aula de kinesiología, quejas del personal del hospital, talleres echados de sus lugares....en fin, la finitud era visible, no había esa suerte de institucionalización y aceptación que hoy, para bien y no tan bien, vivimos.

No pasa por mi mente, ni remotamente, hacer una suerte de apología al estilo “setentista” de aquellos tiempos que, a la luz de la nostalgia, hoy podemos disfrazar de románticos y, quizás, hasta lo fueran. No era un tiempo mejor sino diferente, con una diferencia que merece destacarse a la luz de nuestro crecimiento y de nuestro despertar al presente.

Hoy muchos de quienes se acercan al programa lo hacen con la sensación de que es un territorio sólido, aceptado, mecanizado y que no requiere del fuego sagrado para funcionar ya que los automatismos acuñados en el tiempo lo hacen invulnerable.

Nosotros mismos, los “dinosaurios” del Programa (muchos habitantes del Comité de Conducción) cada tanto nos miramos a la cara y nos preguntamos si estamos haciendo las cosas de taquito o con amor, es decir, despiertos al presente, abiertos a la mirada viva de los hechos, que es lo que permite el gozo en la tarea. La respuesta no tarda en llegar cuando nos vemos discutiendo enérgicamente, riéndonos con ganas o ansiosos ante alguna de las infinitas escenas que surgen en el andar dentro del PSMB. Ahí corroboramos que gozamos de buena salud y que vivimos con frescura este andar.

Alguna vez me dije en voz alta que el programa se sostiene por aquellos que lo quieren. Y los efectos del amor se ven, no se declaman. El programa no es de la inteligencia, no es de la técnica, no es de los buenos ni es de los malos, es de quienes lo quieren y, por lo tanto, lo cuidan como tal, no confundiendo su taller individual con el programa todo.

Quizás solo a partir de ese amor se podrá entender, por ejemplo, que el programa no es un conjunto de talleres “individuales”. Solo a partir de ese amor se podrá comprender que se puede ser absolutamente genio en la conducción de un grupo pero que el programa no es de los genios...sino de los vecinos que lo quieren, que quieren la red. Solo a partir de ese querer se comprenderá de verdad que si bien nuestro taller personal puede ser bárbaro y hacerle bien a sus participantes durante un tiempo, vale más nuestra condición de compañero en los talleres de coordinadores, ya que la misma hace que esa experiencia de taller personal no sea como una linda flor en un florero, destinada a secarse en breve tras distinguirse solo un ratito narcisista.

En este punto podemos hablar de la condición de compañero de los que forman parte de las reuniones de animadores y, muchos de ellos , coordinan grupos.

Ser compañero es salvarse de la trampa del “error antropológico”, del callejón sin salida del narcisismo que nos hace ahogarnos en nuestra propia imagen. Ser compañero es estar en red y en buen orden para que, por los canales de ese orden, fluya nuestra libertad (“no es lo mismo ser libre que andar suelto”). Es un “nosotros”, no un “Yo” contrapuesto a un “ustedes”.

Garante de ese compañerismo es el sistema democrático. Es que éste permite orden y bien común a través del establecimiento de las funciones que a cada uno compete. El sistema de autoridad dentro del cual estamos (la autoridad del Pueblo a través de sus representantes) hace que, por ejemplo, un coordinador sea un compañero con funciones diferenciadas, pero también lo es el coordinador general y el director del hospital, siguiendo la línea hasta el Jefe de Gobierno que es votado para que cumpla con su función de autoridad. Esa diferenciación de funciones permite que sean infinitas las fuentes de ruptura de cualquier “error antropológico”, cualquier narcisismo desbocado que confunda su ombligo con el mundo entero.

De hecho, y volviendo más al territorio del programa propiamente dicho, ser compañero es ofrecerse al compartir grupal y ordenado del programa a través de la solidaridad (el bien común), la autocrítica (ese “tener que ver” con lo que pasa), el optimismo que nos hace “transformar pecado en virtud” (como decía Campelo) al encontrar el sentido saludable de las conductas humanas, y buena fe, que tiene que ver con actuar con algo que podríamos llamar nobleza, más allá de que sean macanas o no las que hacemos.

Con esas características, que marcan los límites del Programa de Salud Mental Barrial en el plano de la animación de grupos, hemos podido mantener cierta frescura en nuestra experiencia. El aire se ha mantenido oxigenado, algo que nos da ganas de respirar hondo, ampliando el pecho.

Como siempre, al árbol se lo reconoce por sus frutos. Y mientras tengamos esas ganas de respirar el aire que nos rodea con ganas, sintiendo que es aire fresco, será porque vamos bien, purificando las cosas en el compartir, sin encierros entre los muros del individualismo que mata todo lo que toca.

 

Miguel Espeche