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EL OPTIMISMO

El optimismo es uno de los valores que debe tener un coordinador del Programa de Salud Mental Barrial.

De hecho, no son demasiadas las condiciones esenciales, sin las cuales alguien no puede formar parte de la coordinación del PSMB.

Campelo hablaba de tres: solidaridad, autocrítica y optimismo . Más tarde, sumamos la buena fe, aunque queda la duda si es factible actuar solidariamente, con autocrítica y optimismo sin buena fe, pero eso es tema para otro día.

Quizás hemos profundizado poco en el tema del optimismo. Me refiero a nivel conceptual, ya que, en los hechos, el optimismo es lo que nutre la tarea cotidiana del barrio organizado, en su hospital, para crecer en salud.

Hace unos días María Emilia dijo algo como al pasar en el taller de Ingreso a la animación en el programa. Dijo que el optimismo es aquello que nos ayuda a encontrarle sentido a las cosas.

Al escuchar eso, sencillito y contundente, me dio la impresión que se abría una veta en el entendimiento de lo que es el optimismo entre nosotros. Se clarificó en mí un aspecto de lo que significa el optimismo en la tarea cotidiana del Programa.

Ocurre que al PSMB a veces viene gente que se desilusiona. Entienden que un buen lugar es aquel en el que no ocurren las cosas que ocurren siempre cuando los humanos se juntan. Piensan que el Programa es una isla, una Utopía pasteurizada en la que el mal no existe, en donde todos los buenos de la ciudad se han convocado para realizar el Cielo en la Tierra.

Cuando ven que acá ocurren cosas iguales a las que se ven “afuera”, se deprimen o se enojan. Al caer el ideal que tenían de nosotros suelen partir, criticando que no somos santos, que otra vez se han desilusionado y suman otra pálida a su larga colección.

Para ellos los tropiezos de la naturaleza humana son el final de un camino, siendo que quizás lo que nos diferencia a nosotros de algunos otros lugares es que solemos sentir que esos tropiezos son el principio de una historia y no su epílogo.

Esa convicción es lo que podemos llamar optimismo. Es una construcción del deseo, no una determinación de los hechos “reales”. Sobre esos hechos hacemos aquello que decía el Sr. Di Pascuale, vecino eterno del Programa: “a lo que apuesto, eso construyo”.

El optimismo no es lo que nos impide tropezarnos con nuestras propias mezquindades, maldades y oscuridades varias. Es, sin embargo, lo que nos permite levantarnos. Más que inhibir el pecado, el optimismo apunta a la redención, dándoles un sentido a las diferentes situaciones de la vida.

Optimista es el que comparte un sentir, más allá que no sepa exactamente a dónde lo va a llevar ese compartir. Entiende que algo bueno habrá en el hecho de ser honesto y decir lo que ocurre en su interior.

Optimista es el que cuando ve algo que no le gusta del programa lo comparte en un taller, sabiendo que eso significa cuidarlo. Es el que quiere al programa con sus falencias y sombras (y echa luz sobre ellas al compartir su mirada), no el que sólo espera encontrar esas falencias y sombras para corroborar su mirada sobre este mundo lleno de corrupción que no merece ser vivido.

No es el optimismo esa idea algo banal que piensa que todo estará mejor si hacemos fuerza con el cerebro: que los precios bajarán, que la paz llegará al mundo, que ahora sí dejaremos de fumar. al estilo de los anhelos de principio de año destinados, en breve, a caer por insustanciales.

No sabemos qué nos deparará la vida, pero sabemos lo que hacemos hoy y sabemos que todo lo que ocurre tiene un sentido. También sabemos que lo que ocurre es parte de nosotros, no un agregado incómodo del cual debemos quejarnos hasta el infinito.

Siempre decimos que lo importante no es lo que pasa sino lo que hacemos con lo que pasa. El deber de todo coordinador es centrarse en lo que las personas, los vecinos, él mismo, hacen con “lo que pasa”. Ser optimista es saber que siempre hay algo que hacer porque siempre hay una posibilidad de crear un sentido (junto a otros) a lo que la vida nos da.

El encuentro de los sentidos compartidos es de lo más entusiasmante que existe en el PSMB. Nuestras historias se reescriben cuando existe un vecino que nos acompaña, nos escucha o nos cuenta de sí. Tantas veces he visto que las peores tragedias de una persona se han transformado en sabiduría que ayuda a otro, que también vive algo parecido. Lo que parecía un final se transforma en un principio, el principio de la solidaridad.

No estamos presos en esa cárcel individual en la que a veces nos convertimos. El horizonte es el vecino, y hacia él nos dirigimos sabiendo que, al menos acá en Coghlan, no faltarán los que ayuden a darle un para qué a lo que sea. Soy optimista respecto a eso.

 

Miguel Espeche