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ENTUSIASMO

Una de las cuestiones sobre las que más atención prestamos a la hora de cuidar las experiencias que se dan dentro del Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano es la del entusiasmo.

Por sobre cualquier otra cuestión normativa, el PSMB debe velar porque sus talleres estén alimentados en el entusiasmo de sus animadores. Éstos deben ejercer su función de tales y, como la palabra lo indica, deben “animar” su taller, darle alma (recordemos aquello de la palabra “ánimo” ligada a “alma”).

Quienes miran al Programa desde afuera quizás no se den cuenta de lo mucho que nos ocupamos, en las reuniones en las que los animadores comparten sus experiencias (talleres de animadores o coordinadores), de percibir el orden de entusiasmo que tienen los vecinos que conducen grupos de la red.

Casi todas las situaciones vividas en esos grupos tienen por motivo el ahondar ese entusiasmo y corroborar que es fruto del genuino deseo. En dichas reuniones de animadores, que cumplen la función de fortalecer anímicamente a quienes tienen a su cargo los talleres, se vela por que no sea otro que el sano entusiasmo el “combustible” que hace que un taller forme parte de nuestra red de ayuda mutua.

Nosotros decimos que los talleres se hacen “ad gaudium”, es decir, por el gozo. También decimos que ese gozo va más allá del mero placer, homologándolo al parto, que, si bien hasta puede ser doloroso, no implica ausencia de gozo la experiencia de atravesarlo y de allí que muchas mujeres elijan repetir la experiencia.

Como parte de ese gozo, o quizás como esencia del mismo, el entusiasmo emerge por los poros en quien ha encontrado sentido a lo que hace. Ese sentido es energía, por eso se diferencia de la mera razón, que ordena pero no ofrece fuente de acción a la actividad que se desarrolla. Uno puede tener todo muy “ordenado”, decir las cosas “bien”, pero si no le encuentra un sentido (y, juguemos con la palabra: si no lo tiene “sentido” ), la experiencia es estéril, como el lenguaje de un político que promete y dice las cosas, pero no encuentra ese “fuego” que habilita a la acción. Desde ese lugar del alma, que tiene una herida, un anhelo, una alegría a ser compartida o un misterio que irradia algo a ser descubierto, surgen talleres que se alimentan de entusiasmo, no de otra cosa.

Cuando se toca una fibra personal, ésta emite una suerte de nota musical que se hace comunitaria y resuena con las notas de otros.

Allí entonces confluye lo personal con lo comunitario y se arma la sinfonía. Así se establece la circulación que evita el estancamiento del ánimo y la experiencia se hace con todos, purificándose como el agua que circula. Eso es un taller.

El entusiasmo no siempre es la imagen del hombre o mujer que arremete. A veces es como una brasita que atraviesa humildemente la noche con el mínimo calor. No siempre es la llamarada del que confunde entusiasmarse con acelerarse.

Carlos Campelo, el fundador del Programa de Salud Mental Barrial, nos decía que “entusiasmo” tenía que ver con “tener a Dios adentro”. En realidad, desconozco de etimología, pero lo que decía Carlos es lo que se vislumbra cuando uno ve que está habitado, lleno, por algo que es vital, que tiene un pulsar que desborda y que busca ser con otros. Bien diferente es ésto a la noción de vacío, de espacio a ser llenado y satisfecho desde afuera, idea tan funcional a un diseño social que necesita de la insatisfacción para que el consumo enloquecido prosiga su curso.

Todos los circuitos cerrados terminan por perder su energía. De allí que el Programa de Salud Mental Barrial proponga la apertura de los circuitos individuales hacia lo comunitario. Esto hace que, como decía más arriba, la nota del propio entusiasmo encuentre su continuidad y enriquecimiento en la nota del entusiasmo del otro. “Más entro en mi corazón, más encuentro al prójimo” como dice María Ester Gómez. Los entusiasmos se multiplican y potencian. Alegría o congoja, ganas de bailar o de llorar, imágenes del infierno o noticias del paraíso....todo es materia prima del entusiasmo, todo es parte del hecho de estar vivos, y nada de eso es ajeno a nuestra experiencia vecinal de acompañamiento mutuo.

Cuando un vecino se acerca al programa por primera vez, a veces se verá descolocado, desconcertado, y hasta enojado. Aún con las imperfecciones del caso, el programa está hecho para el discurso de los que desean crecer. El PSMB no tiene con qué sostener a los que vienen sólo a pedir que se les llene la vida como si ellos fueran bolsas vacías. Es tan fuerte el martilleo social respecto de todo lo que “necesitamos” que no son pocas las ocasiones en que los vecinos se demoran un rato en entender de qué estamos hablando y por qué no damos demasiada bolilla a quien pretende que otro sea el que le de ese entusiasmo que dice no tener y le solucione los problemas de la vida. En el programa no somos solucionadores, somos entusiasmadores.

El juego que acá jugamos es el de que todos podemos porque todos estamos llenos de entusiasmo, aún cuando no nos percatemos de ello. A veces, al encontrarnos en espejos distintos a los de siempre, podemos ver ese otro rostro nuestro, el de quien forma parte de la vida y es más que un mero mirón de la existencia.

Al circular las miradas, al salir del encierro y sacarnos del encasillamiento de los pensamientos que circulan y circulan en nuestra cabecita, se llena de aire todo y ya no nos sentimos tan sin esperanzas. Porque, se sabe, el asunto es mantener esperanza, dejarse de jorobar con la idolatría de la pálida y darnos cuenta que somos potentes, entusiastas, a pesar y gracias a los dolores de la vida, esos que nos hicieron arrimarnos a un hospital a buscar ayuda, la ayuda que significa saber que podemos ser con otros, compartirnos y entre-tenernos. Un gusto que entusiastamente nos damos acá en el Pirovano.

 

Miguel Espeche