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Comunidad es una forma de vivir

Muchas veces he oído decir, desde que estoy en estas cosas de la comunidad, "Hay que salir a la comunidad". Y allá iban, corriendo o a desgano, todo el mundo, pero preferencialmente las asistentes sociales, a hacer algo a alguna villa de emergencia, - porque se suponía que "comunidad" era una de esas formaciones urbanas – de esas que la lengua callejera llama villa miseria, y la ironía de los orientales les dice "cantegriles", parecidas a las favelas de Río, las cayampas de Santiago de Chile, pero no a los pueblos jóvenes de Lima, vistos más como promesas que como lugares de alojamiento humano residual.

Allí llegados, el trabajo comunitario empieza por el "diagnóstico social". Debo decir que me tiene harto tanta estulticia transformada en realidad académica. (Llamo realidad académica a esa realidad pontificada desde una, dos, cientos de cátedras, como se dice "realidad televisiva" a la que vende la televisión). Todavía ahora, a los estudiantes de estas cosas se los adoctrina en el tema del diagnóstico social, sin ninguna conciencia de que ese concepto introduce y sostiene una epistemología – y una ética – derivada del maltraído "modelo médico hegemónico". Después de un cierto tiempo de "estudios de campo", se redacta el informe, se lo mete en el archivo, y se procede a la correspondiente rotación de personal, - profesionales o estudiantes - . Al cabo de un tiempo, otra vez, alguien grita "Hay que salir a la comunidad", y el ciclo, como las estaciones, vuelve a repetirse. En la academia esto adquiere el aspecto de los ciclos estacionales de los cuatrimestres académicos.

Siempre pensé que ¿a qué salir a buscar la comunidad en la villa más próxima, si la comunidad estaba allí, en las salas de espera del hospital o en los pasillos de la facultad, en la vereda de enfrente, o en la mesa de los spaguetti del domingo, dentro de nuestra nunca bienamada familia?. Ahora digo: si la comunidad está aquí entre nosotros, en los que hacemos, bien o mal, una comunidad de ayuda mutua desde el hospital. Cierto es que no siempre – algún aciago dirá: "casi nunca" – las acciones de los agentes de la comunidad hospitalaria significan una acción comunitaria, y a veces, hasta son acciones contra la comunidad. Sí, es casi cierto, pero: ¿Es que alguien imagina una comunidad de miembros que, todos a coro las veinticuatro horas, eleven preces al Señor en coros celestiales?... Una comunidad bien habida no es un coro homogéneo, no es un regimiento que desfila de a cuatro en fondo, un dos, un dos. Una comunidad es uno de esos mejunjes de ir y volver, de disentir y unirse, de acordar y estar enfrentados, que nos ha llevado a decir, desde aquel doloroso 18 de julio del 94, "Sigamos juntos, aunque no estemos de acuerdo". (Porque acordar, de a-cordis, significa juntar los corazones, y nosotros, en el Programa Salud Mental Barrial, si no podemos juntar los corazones juntaremos las manos, o las voces, los movimientos, o el deseo – que es uno solo siempre: crecer, y ser feliz, que es la única razón para filosofar, dice San Agustín – o las almas, que no pueden estar sino juntas, y "al sol". (Alma que no se junta con sus prójimos, y prójimos que inventan enemigos y rivales, no son almas, no son prójimos,). Para nosotros, "todo es común", como advierte el Padre Carmelo Guiaquinta, Obispo de Misiones, y por eso es que en Coghlan somos, - los que alrededor de este Programa cantamos y bailamos y bebemos y soñamos, - una comunidad, un lugar de comunes, un lugar en donde para ser hay que ser con otros, más allá de las cuatro paredes de mi living, un lugar en donde, cuando decimos nosotros, nosotros es nuestra mejor forma de decir yo, un lugar en el que sabemos por propia experiencia, que nadie puede ser feliz en un pueblo que no se realiza, un lugar en el que cuando Elvira llora, por ese dolor sin fin que le ocupa casi toda la vida, llora para su bienestar, y con él, produce bienestar a quienes la vemos llorar, y algunos, hasta desconocidos, ya listos para acompañarla, preparan los pañuelos.

Ah!, ¡ Qué pequeño placer esto de ver cómo va naciendo, de a poco, desde estos pequeños gestos de una solidaridad que surge de las tripas, de las lágrimas, de ese "a mí me pasa lo mismo que a Ud.", de ese casi gemido " a mí también", ver cómo va naciendo, repito, una trama de relaciones íntimas, prelógicas, antirracionales, una masa emocional que se había escondido debajo del asfalto de la ciudad anónima!

Y como ese pastito que lucha por nacer entre los adoquines de la calle Melián allá en Núñez, la vida de la gente, sus dolores, y sus alegrías, sus agujeros y sus potencias, va empujando hacia arriba para ver el sol, van armando ese camino de la solidaridad, ese gesto que vuelve – una idea que no he de resignar, por el mero hecho de que la hayan puesto en circulación los asesinos de nuestros años de plomo - ese castillo de esperanza que construimos entre todos cuando nos reconocemos hijos del mismo Dios en la Filiación (un tema central de nuestro curso de milagros, los lunes a las 8 y los miércoles a las 19), o partícipes de un destino común – para aquéllos que no quieran menear esos asuntos de la religión, - y concurrentes a la realización del Espíritu Absoluto, - el de Hegel, ¿recuerdan? – ése que está al final de la Historia, que no terminó donde se le cantó al tonto ese de Fukuyama.

Nosotros reclamamos el derecho a hacer de nuestra vida en comunidad nuestra mayor riqueza, a construir un "nosotros" lleno de sangre, sudor y lágrimas, si es necesario, pero un "nosotros", un proyecto común, una comunidad de vida. Por eso, la gente de los barrios del Area Programática del Hospital Pirovano (Belgrano, Núñez, Saavedra, Villa Pueyrredón, Villa Urquiza, Coghlan, y Colegiales), invitamos a las gentes de los barrios que quieran acompañarnos, a reconocernos como miembros de una comunidad, y a decir en voz alta que no es necesario vivir en una villa miseria, o residir en una casa tomada para ser una comunidad, y que no basta con vivir en esos lugares para serlo. Que comunidad es cuando lo tuyo me importa tanto como lo mío, y cuando de mi plato puedo alcanzar un bocado a tu boca, sin sentir que he perdido algo.

Por eso reclamamos que nuestro programa de salud mental barrial sea entendido como un programa de salud y crecimiento comunitario, o de animación barrial, por eso del ánima, o el alma, ¿recuerdan?, o de cultura barrial, por lo que de cultivo y cuidado tiene la cultura.

Bueno; pero lo que yo quería es decir que, contrariamente a lo que piensan muchos "trabajadores comunitarios", que creen que pueden ir a algún lugar a "hacer comunidad", la comunidad bien entendida empieza por casa, que nadie puede hacer "comunidad" desde otro si no la hace desde sí, y que no es un requisito sine qua non ser pobre de toda pobreza para hacer un proyecto comunitario. Las familias de barrios "acomodados", o de clases medias, o de buen pasar, o de "si hay pobreza que no se note", algunas de esas familias, decimos que somos una comunidad, casi tanto como los vecinos sensibles de Flores o de Palermo, esos compañeros.

 

Carlos Campelo