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ACOMPAÑANDO

Solemos decir en el Programa de Salud Mental Barrial que la salud es algo que se logra comunitariamente o no se logra. Toda situación humana, por oscura y desesperanzada que parezca ser, se redime a la hora de ser compartida, en buena fe, con otros que estén allí para escuchar y acompañar.

Esta realidad, que hace a nuestra naturaleza, muestra que lo individual es parte de algo que lo trasciende y que si no existe conciencia de eso, nos morimos de soledad. El ser humano ha sobrevivido a los milenios gracias a una inteligencia que lo mantiene en común-unión con los otros, no como una suerte de engrudo existencial que pegotea y quita libertad sino, por el contrario,  como comunidad que “sintoniza” valores vitales y se nutre en ellos para desplegar  su deseo y perdurar.

Nuestro programa ha vivido una violenta y dolorosa situación a lo largo de más de un año, a partir del hecho de que uno de sus animadores decidió, junto a un número importante de sus seguidores,  que la autoridad del programa, (que es un sutil y maravilloso tejido de deseo vecinal e institucionalidad que trasciende nombres propios) no era digna de ser reconocida como tal.

De las infinitas maneras que se presentan a diario en el Programa para tramitar acuerdos y desacuerdos, ese coordinador eligió “cortarse solo” y realizar una implacable  campaña a favor de una meta que no nos era del todo clara, pero que, intuíamos, era una “movida” sin fe en la red, sin deseo de confiar en la inteligencia comunitaria, sin deseo de reconocer las características del PSMB y su orden,  y, lamentablemente, personificando todos los males en una persona: el coordinador general, descalificando al programa en su conjunto.

La situación significó un gran crecimiento para el programa, tanto en la faz anímica como en la estrictamente institucional. Debieron moverse juntos los complejos resortes institucionales, legales y burocráticos, unidos y nutridos por los deseos más profundos de los vecinos que veían atacado el espíritu del compartir que dio nacimiento a un programa que ya cuenta casi con 20 años de existencia.

Se logró reestablecer un orden que favorece el espíritu de red, de comunidad, de “casa de todos”, de amor comunitario. Se lo hizo a través de una paciente, pero por momentos angustiosa ruta que nos hizo ver y conocer tanto lo mejor como lo peor de nosotros mismos y de nuestras instituciones.

 En estos días, a partir del violento fallecimiento de ese  ex animador que eligió apartarse de su red de compañeros (y ahora, de la vida), a la ardua experiencia compartida en el largo año se  suma el frío horror de la tragedia.

Es en este punto que el programa debe asumir su condición de “hospitalario”, a través del hecho de que, más allá de las significaciones de este trágico final, siguen siendo potencialmente “vecinos” aquellos que  hoy sufren la voluntaria partida de alguien en quien habían confiado.

Decimos una y otra vez que el programa se nutre de la solidaridad, la capacidad de autocrítica, la buena fe y el optimismo de sus integrantes. En estos valores nos nutrimos en cada situación de la vida que queramos atravesar saludablemente.

 En este caso, somos , sobre todo, optimistas respecto de que es posible encontrar o, si no lo tiene, crear, un sentido a toda situación, por dura que sea. De esta certeza que tenemos no se escapa  esta circunstancia tan dolorosa que involucra a tantos que, hoy, han perdido a un ser querido. Que sepan que hay una red que está allí, dispuesta a compartir con solidaridad lo que sea.

 Solo es cuestión de desearlo, y el afecto mutuo de los vecinos será visible para quien quiera verlo, que no haya dudas al respecto. El Programa de Salud Mental Barrial está acá, acompañando, como siempre, a quien lo desee de corazón.

 

Miguel Espeche